– ¿La corbata sí y la chaqueta no? No es un detalle sin importancia, Gegè, porque en el interior del coche no se encontró ninguna corbata ni ningún pañuelo.

– Eso no significa nada. Se pudo caer en la arena cuando bajó la mujer.

– Los hombres de Jacomuzzi rastrearon la zona y no encontraron nada.

Ambos guardaron silencio en actitud pensativa.

– Puede que lo que vio Milly tenga una explicación -dijo de pronto Gegè-. No se trataba ni de una corbata ni de un pañuelo. El hombre no se había desabrochado el cinturón de seguridad (venían de recorrer el cauce del Canneto, con la de piedras que hay por allí…) y se lo desabrochó cuando la mujer se le subió encima de las piernas, porque entonces sí que le habría molestado.

– Puede ser.

– Salvù, te he dicho todo lo que he averiguado sobre este asunto. Y te lo estoy diciendo por mi propio interés. Porque a mí no me ha hecho gracia que un pez gordo como Luparello haya venido a palmarla al aprisco. Ahora, los ojos de todo el mundo están clavados en este lugar, y cuanto antes termines la investigación, mejor. A los dos días, la gente se olvidará, y todos volveremos a trabajar tranquilos. ¿Puedo irme? A esta hora, en el aprisco estamos muy atareados.

– Espera. ¿Tú qué opinas de lo ocurrido?

– ¿Yo? Tú sí que eres un lince. De todas maneras, para complacerte, te diré que el asunto me huele mal. Supongamos que la mujer fuera una puta forastera de altos vuelos. ¿Quién puede creer que Luparello no supiera adónde llevarla?

– Gegè, ¿tú sabes lo que es la perversión?

– ¿Y me lo preguntas a mí? Te podría contar cosas que te harían vomitar sobre mis zapatos. Ya sé lo que quieres decir, que esos dos se fueron al aprisco porque el lugar les resultaba más excitante. ¿Sabes que un día se presentó un juez con su escolta?



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