
– ¿De verdad? ¿Quién era?
– Te puedo decir el nombre, se trataba del juez Cosentino. La víspera del día en que lo mandaron a su casa de una patada en el trasero, se presentó en el aprisco con un automóvil de su escolta, eligió un travesti y se lo tiró.
– ¿Y el escolta?
– Se fue a dar un largo paseo por la orilla del mar. Pero volvamos a nuestro asunto: Cosentino sabía que estaba jodido y se quiso dar el gusto. Pero ¿qué interés podía tener el ingeniero en hacerlo? No era un hombre aficionado a estas cosas. Le gustaban las mujeres, todo el mundo lo sabe, pero con prudencia y discreción. ¿Y quién es esa mujer, capaz de inducirlo a arriesgar todo lo que era y representaba sólo por un polvo? No me convence, Salvù.
– Sigue.
– Y, en el caso de que la mujer no fuera una puta, me huele todavía peor. Jamás hubieran venido al aprisco. Y, además, el coche lo conducía la mujer, eso seguro. Aparte del hecho de que nadie en su sano juicio le confiaría a una puta un coche que vale lo que vale, la mujer debía de ser de alivio. Primero, no tiene ningún problema en bajar por el Canneto, y, después, cuando el ingeniero se le muere entre los muslos, se levanta como si tal cosa, baja del coche, se arregla, cierra la portezuela y listo. ¿Te parece normal?
– No, no me parece normal.
De repente, Gegè soltó una carcajada y encendió el mechero.
– ¿Qué te pasa?
– Ven aquí, maricón. Acerca la cara.
El comisario obedeció, Gegè le iluminó los ojos y apagó el mechero.
– Sí, creo que lo entiendo. Los pensamientos que se te han ocurrido a ti, un representante de la ley, son exactamente los mismos que se me han ocurrido a mí, un delincuente. Y tú sólo querías comprobar si coincidían, ¿verdad, Salvù?
– Has dado en el clavo.
– Contigo es difícil que me equivoque. Anda, vete.
– Gracias -dijo Montalbano.
