El comisario se fue primero, pero poco después su amigo le alcanzó y le hizo señas para que aminorara la marcha.

– ¿Qué quieres?

– No sé dónde tengo la cabeza, te lo quería haber dicho antes. ¿Sabes que estabas muy mono en el aprisco cogido de la manita de la inspectora Ferrara?

Dicho lo cual, Gegè aceleró, interponiendo una distancia prudencial entre su vehículo y el del comisario, mientras levantaba el brazo para saludarlo.

Al volver a casa, Montalbano anotó algunos detalles que Gegè le había facilitado, pero enseguida le entró sueño. Echó un vistazo al reloj, vio que ya era más de la una, y se fue a dormir. Lo despertó el insistente sonido del timbre de la puerta principal. Sus ojos se dirigieron hacia el despertador y vio que eran las dos y cuarto. Se levantó con gran esfuerzo, pues en las primeras fases del sueño sus reflejos siempre eran muy lentos.

– ¿Quién coño será a estas horas?

En calzoncillos, tal como estaba, fue a abrir.

– Hola -dijo Anna.

Lo había olvidado por completo. La chica le había dicho que iría a su casa a aquella hora. Anna lo miró de arriba abajo.

– Veo que llevas el atuendo apropiado -dijo, entrando.

– Dime lo que tengas que decirme y lárgate a casa. Estoy muerto de cansancio.

Sinceramente molesto por aquella invasión, Montalbano se dirigió a su dormitorio, se puso unos pantalones y una camisa y regresó al comedor. Anna no estaba. Se encontraba en la cocina, había abierto el frigorífico y ya le estaba hincando el diente a un bocadillo de jamón.

– Tengo un hambre que no veas.

– Habla mientras comes.

Montalbano colocó la cafetera sobre el quemador de la cocina de gas.

– ¿Te haces un café a estas horas? ¿Y después puedes volver a dormirte?

– Anna, por favor.

Montalbano no conseguía ser amable.

– Está bien. Esta tarde, después de vernos, he sabido por un compañero, que a su vez ha sido informado por un confidente, que desde ayer por la mañana un tipo ha estado visitando a todos los joyeros, compradores ilegales y casas de empeños, tanto clandestinas como legales, para advertirles de que lo avisen en caso de que se presente alguien para vender o empeñar una joya determinada.



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