Se trata de un collar con una cadena de oro macizo y un colgante en forma de corazón cuajado de brillantes. Como uno de esos que se compran en los almacenes Standa por diez mil liras, sólo que auténtico.

– ¿Y cómo lo tienen que avisar, con una llamada telefónica?

– No te lo tomes a broma. A cada uno les ha dicho que hagan una señal distinta: colocar en la ventana un trozo de tela de color verde, pegar en el portal un trozo de periódico y cosas por el estilo. Muy listo. De esta manera, él ve sin ser visto.

– De acuerdo, pero ¿a mí qué…?

– Déjame terminar. Por su manera de hablar y actuar, sus interlocutores han comprendido que era mejor hacer lo que él les decía. Después, hemos averiguado que, simultáneamente, otras personas han realizado un recorrido por las siete iglesias de los pueblos de la provincia, incluido Vigàta. O sea, que el que ha perdido el collar lo quiere recuperar.

– No veo nada de malo en ello. Pero ¿por qué razón, a tu juicio, este asunto debería interesarme a mí?

– Porque el hombre le ha dicho a un comprador ilegal de Montelusa que es posible que el collar se perdiera en el aprisco durante la noche del domingo al lunes. ¿Te interesa ahora el asunto?

– Hasta cierto punto.

– Ya lo sé, puede ser sólo una coincidencia y no tener nada que ver con la muerte de Luparello.

– De todos modos, te lo agradezco. Y ahora vuelve a casa, que ya es tarde.

El café ya estaba listo; Montalbano se llenó una taza y, naturalmente, Anna aprovechó la ocasión.

– ¿Y yo qué?

Armándose de paciencia, el comisario llenó otra taza y se la ofreció. Anna le gustaba, pero ¿es que no se daba cuenta de que él tenía otra mujer?



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