– ¿Quién es?

– Policía -disparó Montalbano.

Había decidido actuar con contundencia, sorprendiéndola en el aturdimiento de un repentino despertar. Además, Fatma, por su trabajo en el aprisco, debía de haber dormido mucho menos que él. Se abrió la puerta y la mujer apareció envuelta en una gran toalla de baño que sujetaba con una mano a la altura del pecho.

– ¿Qué quieres?

– Hablar contigo.

La chica se apartó a un lado. En la mísera estancia había una cama de matrimonio medio deshecha, una mesita con dos sillas y un hornillo de gas; una cortina de plástico separaba el lavabo y la taza del excusado del resto de la estancia. Todo estaba en perfecto orden y brillaba como un espejo, pero el olor de la mujer y del barato perfume que usaba casi le cortaba a uno la respiración.

– Déjame ver tu permiso de residencia.

Como por efecto del miedo, la mujer soltó la toalla y se tapó los ojos con las manos. Largas piernas, fina cintura, vientre liso, senos altos y compactos, una real hembra como las que se veían en los anuncios de la televisión. Tras un instante, la inmóvil espera de Fatma le hizo comprender a Montalbano que no se trataba de miedo, sino de un intento de llegar al más obvio y habitual de los arreglos entre hombre y mujer.

– Vístete.

Había un alambre tendido de uno a otro extremo de la habitación. Fatma se acercó a él con sus anchos hombros, su espalda perfecta y sus pequeñas y redondas nalgas.

«Con este cuerpo -pensó Montalbano-, por la de situaciones que habrá tenido que pasar.»

Se imaginó la cautelosa cola en ciertos despachos, delante de la puerta cerrada, al otro lado de la cual Fatma esperaba para ganarse la «tolerancia de las autoridades», como a veces él había tenido ocasión de leer, una tolerancia, en efecto, de casa de tolerancia. Fatma se puso un vestido ligero de algodón sobre el cuerpo desnudo y permaneció de pie delante de Montalbano.



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