
– ¿Te creyó?
– Sí, creo que sí. Y entonces él me dijo que, si por casualidad lo encontraba, que no se me ocurriera hacer el gilipollas y que se lo diera a él, porque el asunto era muy delicado.
– ¿Te prometió algo?
– Sí. Molerme a palos en caso de que lo encontrara y me lo quedara, y cincuenta mil liras en caso de que lo encontrara y se lo diera.
– ¿Qué pensabas hacer con el collar?
– Lo quería empeñar. Tana y yo lo habíamos decidido así.
– ¿No queríais venderlo?
– No, no era nuestro, lo considerábamos un préstamo y no queríamos aprovecharnos.
– Nosotros… somos gente honrada -terció la mujer, que acababa de entrar, enjugándose las lágrimas de los ojos.
– ¿Y qué queríais hacer con el dinero?
– Lo hubiéramos gastado en el tratamiento de nuestro hijo. Lo llevaríamos a Roma, a Milán o a cualquier sitio donde hubiera médicos que pudieran decirnos lo que tiene.
Los tres permanecieron un rato en silencio. Después, Montalbano le pidió a la mujer dos hojas de papel, y ésta las arrancó del cuaderno que utilizaba para anotar los gastos de la compra. El comisario alargó una de las dos hojas a Saro.
– Hazme un dibujo e indícame el punto exacto donde encontraste el collar. Eres arquitecto técnico, ¿no?
Mientras Saro hacía el dibujo, Montalbano escribió en la otra hoja:
«El que suscribe, Salvo Montalbano, comisario de la Comisaría de las Fuerzas de Seguridad de Vigàta (provincia de Montelusa), declaro haber recibido en el día de hoy de manos del señor Baldassare Montaperto, llamado Saro, un collar de oro macizo con un colgante en forma de corazón, también de oro macizo y con incrustaciones de brillantes, encontrado por él en las inmediaciones del barrio llamado el aprisco, en el transcurso de su actividad como agente ecológico. Doy fe.»
Firmó, pero lo pensó un poco antes de poner la fecha a pie de página. Después tomó una decisión y escribió: «Vigàta, 9 de septiembre de 1993.» Entretanto, Saro también había terminado. Ambos se intercambiaron las hojas.
