– Perfecto -dijo el comisario, estudiando el detallado dibujo.

– Aquí, en cambio, la fecha está equivocada -observó Saro-. El nueve era el lunes pasado. Hoy estamos a once.

– No hay nada equivocado. Tú me llevaste el collar a la comisaría el mismo día que lo encontraste. Lo guardabas en el bolsillo cuando te presentaste en la comisaría para comunicarme el descubrimiento del cuerpo de Luparello, pero me lo diste después porque no querías que te viera tu compañero de trabajo. ¿Está claro?

– Si usía lo dice…

– Guarda con mucho cuidado este recibo.

– ¿Y ahora qué va a hacer, me lo detiene? -preguntó la mujer.

– ¿Por qué, ha hecho algo malo? -contestó Montalbano, levantándose.

Siete

En la hostería San Calogero lo respetaban no tanto porque fuera el comisario como porque era un buen cliente, de los que saben apreciar las cosas. Le sirvieron salmonetes de roca fresquísimos, fritos hasta quedar crujientes y dejados un rato sobre papel de estraza para que soltaran el exceso de aceite. Después del café y de un largo paseo por el muelle de levante, regresó a su despacho y, en cuanto lo vio, Fazio se levantó de su escritorio.

– Dottore, hay alguien que le espera.

– ¿Quién es?

– Pino Catalana, ¿lo recuerda? Uno de los dos basureros que encontraron el cuerpo de Luparello.

– Hazlo pasar enseguida a mi despacho.

Comprendió de inmediato que el muchacho estaba nervioso y en tensión.

– Siéntate.

Pino apoyó el trasero justo en el borde de la silla.

– ¿Puedo saber por qué ha ido usted a mi casa y ha montado ese numerito? No tengo nada que esconder.

– Lo he hecho simplemente para no asustar a tu madre. Si le hubiera dicho que era comisario, igual le daba un ataque.

– En tal caso, se lo agradezco.



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