– ¿Cómo has sabido que era yo quien te buscaba?

– He llamado a mi madre para preguntarle cómo estaba, pues cuando he salido de casa le dolía la cabeza, y me ha dicho que se había presentado en casa un hombre que venía a entregarme un sobre, pero que se lo había olvidado y se había ido de nuevo a buscarlo, y que ya no le había vuelto a ver el pelo. He sentido curiosidad, y le he pedido a mi madre que me describiera al hombre. Le aconsejo que, cuando quiera hacerse pasar por otro, se borre el lunar que tiene bajo el ojo izquierdo. ¿Qué quiere de mí?

– Hacerte una pregunta. ¿Vino alguien al aprisco para saber si por casualidad habías encontrado un collar?

– Sí, uno que usted conoce, Filippo di Cosmo.

– ¿Y tú qué le dijiste?

– Le dije la verdad, que no.

– ¿Y él?

– Él me dijo que, si lo encontraba, me daría cincuenta mil liras; pero que, si lo encontraba y no se lo hacía saber, sería mucho peor para mí. Lo mismo que le dijo a Saro. Pero Saro tampoco lo había encontrado.

– ¿Has pasado por tu casa antes de venir aquí?

– No, señor, he venido directamente.

– ¿Tú escribes cosas de teatro?

– No, señor, pero me gusta actuar de vez en cuando.

– Pues entonces ¿esto qué es?

Montalbano le mostró la hoja que había cogido de la mesita. Sin inmutarse, Pino la contempló sonriendo.

– No, eso no es una escena de teatro, eso es…

Enmudeció, turbado. Acababa de darse cuenta de que, si aquello no era el diálogo de una comedia, tendría que decir lo que era en realidad, y la cosa no resultaba nada fácil.

– Te voy a echar una mano -dijo el comisario-. Ésta es la transcripción de una llamada telefónica que uno de vosotros le hizo al abogado Rizzo inmediatamente después de haber descubierto el cadáver de Luparello y antes de presentaros en la comisaría para comunicar el hallazgo. ¿Es así?

– Sí, señor.

– ¿Quién llamó?



47 из 130