
– No. Sigue.
– Quiero decir que no se sorprende. Es más, trata de establecer distancias entre el muerto y él, como si entre ellos sólo hubiera habido una relación de pasada. E inmediatamente nos dice que vayamos a cumplir con nuestro deber, o sea, a avisar a la policía, y cuelga. No, señor comisario, desde un punto de vista teatral es absurdo, el público se echaría a reír, no funciona.
Montalbano despidió a Pino y se quedó con la hoja de papel. Cuando el basurero se hubo retirado, volvió a leerla.
Vaya si funcionaba. Funcionaría de maravilla en caso de que, en la hipotética representación teatral -que, en realidad, de hipotética tenía muy poco-, Rizzo, antes de recibir la llamada, ya supiera dónde y cómo había muerto Luparello y le urgiera que el cadáver fuera descubierto cuanto antes.
* * *
Jacomuzzi miró atónito a Montalbano. Iba vestido de punta en blanco, con un traje azul oscuro, camisa blanca, corbata color burdeos y relucientes zapatos negros.
– ¡Jesús! ¿Es que te vas a casar?
– ¿Habéis terminado ya con el coche de Luparello? ¿Qué habéis encontrado?
– Dentro nada importante. Pero…
– … tenía la suspensión estropeada.
– ¿Cómo lo sabes?
– Bueno, me lo ha dicho un pajarito. Mira, Jacomuzzi.
Sacó el collar de su bolso de mano y lo arrojó sobre la mesa. Jacomuzzi lo cogió, lo examinó cuidadosamente e hizo un gesto de asombro.
– ¡Pero esto es auténtico! ¡Vale decenas y decenas de millones de liras! ¿Lo habían robado?
– No, alguien lo encontró en el suelo, en el aprisco, y me lo entregó.
– ¿En el aprisco? ¿Y quién es la puta que se puede permitir el lujo de tener una joya como ésta? ¿Bromeas acaso?
