– ¡Quieto! -gritó Montalbano.

El hombre experimentó un sobresalto, pues creía que estaba solo. Montalbano pegó dos brincos y lo alcanzó; lo agarró por las solapas de la chaqueta, lo levantó en vilo y lo empujó a lugar seguro.

– Pero ¿qué iba a hacer? ¿Matarse?

– Sí.

– ¿Y eso por qué?

– Porque mi mujer me pone los cuernos.

Montalbano se lo esperaba todo menos aquella respuesta. El hombre pasaba con toda seguridad de los ochenta.

– ¿Qué edad tiene su mujer?

– Pongamos que ochenta. Yo he cumplido ochenta y dos.

Un diálogo absurdo en una situación igualmente absurda. El comisario no tuvo ánimos para seguir. Cogió al hombre del brazo y lo obligó a regresar al pueblo. Justo en aquel momento, como si la situación no fuera suficientemente delirante, el hombre se presentó.

– ¿Permite? Soy Giosuè Cantina. He sido maestro de primaria. ¿Y usted quién es? Siempre y cuando me lo quiera decir, naturalmente.

– Me llamo Salvo Montalbano y soy el comisario de las fuerzas del orden de Vigàta.

– ¿Ah, sí? Pues mire, me viene usted que ni pintado. Dígale a la muy puta de mi mujer que no me ponga los cuernos con Agatino De Francesco porque, de lo contrario, el día menos pensado yo hago un disparate.

– ¿Y quién es ese tal De Francesco?

– Antes trabajaba de cartero. Es más joven que yo, tiene setenta y seis años, y su pensión es una vez y media más grande que la mía.

– ¿Está usted seguro de que eso que dice no son simples sospechas?

– Son verdades como puños. Tan ciertas como el Evangelio. Todas las tardes, después de comer, tanto si llueve como si luce el sol, De Francesco va a tomarse un café al bar que se encuentra justo debajo de mi casa.



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