
– ¿Y qué?
– ¿Usted cuánto tarda en tomarse un café?
Por un instante, Montalbano se dejó llevar por la sosegada locura del viejo maestro.
– Depende. Si estoy de pie…
– ¿Cómo que de pie? ¡Sentado!
– Pues, depende de si me he citado con alguien y tengo que esperar, o de si simplemente quiero pasar el rato.
– No, queridísimo amigo, éste se sienta allí sólo para mirar a mi mujer, que también lo mira a él, y no pierden ocasión de hacerlo.
Entretanto, ya habían llegado al pueblo.
– ¿Dónde vive, señor maestro?
– Al final del paseo, en la plaza Dante.
– Vamos por la calle de atrás, será mejor.
Montalbano no quería que el viejo empapado de agua y temblando de frío llamara la atención y suscitara preguntas entre los vigateses.
– ¿Quiere usted subir? ¿No le apetece un café? -preguntó el maestro, sacando del bolsillo las llaves del portal.
– No, gracias. Cámbiese de ropa, señor maestro, y séquese bien.
Aquella misma tarde mandó llamar a De Francesco, el ex cartero, un viejecito antipático y menudo que reaccionó airadamente y con voz chillona a los consejos del comisario.
– ¡Yo el café me lo tomo donde me sale de las narices! ¿Qué pasa? ¿Es que acaso está prohibido ir al bar que está debajo de la casa de este arteriosclerótico de Contino? Me sorprende que usted, que debería representar la ley, me venga con estas historias.
* * *
– Todo ha terminado -le dijo el guardia urbano que mantenía apartados a los mirones del portal de la plaza Dante. Delante de la puerta del apartamento, el sargento Fazio extendió los brazos. Las habitaciones estaban impecablemente ordenadas y limpias como los chorros del oro. El maestro Contino yacía sentado en un sillón, con una pequeña mancha de sangre a la altura del corazón. El revólver estaba en el suelo al lado del sillón, un antiquísimo Smith and Wesson de cinco disparos que debía de pertenecer por lo menos a la época de Buffalo Bill y que, por desgracia, seguía funcionando.
