Saro había escuchado la conversación con la mejilla pegada a la de Pino. Ambos se miraron, perplejos. Era como si le hubieran dicho a Rizzo que habían encontrado un cadáver anónimo.

– Pero ¿qué coño es esto?, era amigo suyo, ¿no? -dijo repentinamente Saro.

– Vete tú a saber. A lo mejor, últimamente estaban peleados -replicó Pino.

– Y ahora ¿qué hacemos?

– Vamos a cumplir con nuestro deber, como ha dicho el abogado -contestó Pino.

Se dirigieron a la comisaría del pueblo. La idea de acudir a los carabineros ni se les pasó por la antesala del cerebro, pues los mandaba un teniente milanés. En cambio, el comisario era de Catania, se llamaba Salvo Montalbano y, cuando quería entender una cosa, la entendía.

Dos

– Otra vez.

– No -dijo Livia, sin dejar de mirarlo, con los ojos iluminados por la tensión amorosa.

– Por favor.

– No, he dicho que no.

«Me gusta que me fuercen un poquito», recordó que ella le había susurrado una vez al oído; entonces, presa de la excitación, trató de introducirle una rodilla entre los apretados muslos mientras le sujetaba fuertemente las muñecas y le abría los brazos como si estuviera crucificada.

Se miraron un momento con afanosa respiración y ella cedió de repente.

– Sí -dijo-. Sí. Ahora.

Justo en aquel momento, sonó el teléfono. Sin abrir tan siquiera los ojos, Montalbano alargó el brazo, pero no para coger el teléfono, sino más bien para asir los bordes fluctuantes del sueño que inexorablemente se estaba desvaneciendo.

– ¡Diga!

Estaba furioso con el inoportuno comunicante.

– Señor comisario, tenemos un cliente.

Reconoció la voz del sargento Fazio. El otro de igual graduación, Tortorella, aún estaba en el hospital por una grave herida en el vientre causada por la bala que le había disparado uno que quería hacerse pasar por mafioso, pero que, en realidad, era un cabrón de tres al cuarto. En su jerga, un cliente significaba un muerto del que se tenían que encargar.



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