
Vitória cerró las cortinas del comedor para evitar la entrada de aire cálido. No usarían aquella estancia hasta la hora de cenar. A mediodía los Silva casi nunca comían juntos. Eduardo da Silva solía estar fuera todo el día y tomaba algo en una taberna o comía con los capataces, que habían instalado una rudimentaria cocina junto a los campos. Alma da Silva tenía una falta de apetito crónica y renunciaba a la comida del mediodía. Y Vitória comía tanto en el desayuno que nunca sentía hambre hasta la tarde; y si no, se hacía servir un ligero tentempié o algo de fruta en la veranda.
Camino de la cocina la mirada de Vitória se detuvo en la vitrina, en cuyos cristales se vio reflejada. ¡Cielos, todavía estaba en bata! Subió enseguida a su habitación y se puso un ligero pero tosco vestido de algodón y unos zapatos. Cuando hacía tanto calor no se ponía corsé, y mientras se encontrara solamente con la servidumbre, nadie podía escandalizarse por ello.
Vitória cerró con cuidado la puerta. No quería que su madre la llamara. Desde su habitación, que estaba al otro lado del pasillo, llegaba un apagado murmullo. Al parecer dona Alma estaba entreteniendo a Miranda más de lo necesario. Vitória casi se compadecía de la sirvienta, que probablemente estuviera soportando una charla interminable sobre las miserias de este mundo en general y el horror de aquel rincón apartado del mundo en particular. Aunque hacía ya más de sesenta años que Brasil era independiente, dona Alma lo seguía considerando una colonia portuguesa. Se quejaba continuamente de las inhumanas condiciones de vida, del clima demasiado húmedo y cálido, de la población salvaje, que carecía a todas luces de educación moral. ¿Cuál podría ser si no la explicación a aquella mezcla de razas entre blancos, negros e indios y que hubiera incluso individuos con tipos de piel de colores indefinibles? ¡Y cada vez más!
