
Vitória bajó las escaleras de puntillas. Cuando llegó abajo, llamó a Miranda. Cualquier otro día habría dejado a su madre seguir lamentándose, pero hoy hacían falta todas las manos.
Miranda cerró la puerta de la habitación de dona Alma y bajó las escaleras.
– ¡Venga, inútil! Basta ya de charla. Cuando hayas recogido la mesa, limpias la plata y quitas bien el polvo de todo el salón. ¡Pero sin romper nada!
Luego se fue taconeando hacia la cocina.
– Sinhazinha, ¿pero qué aspecto traes hoy? -La cocinera levantó la vista del cuenco en que estaba preparando masa de pan, y observó a Vitória con mirada crítica.
Al ser la única esclava en la casa, tuteaba a la hija de la familia y era también la única que la llamaba sinhazinha. A Vitória le gustaba aquel diminutivo de sinhá, que era la variante simplificada de los negros para senhora o senhorita. Como única esclava, Luiza se tomaba además la libertad de expresar abiertamente su opinión. Los demás esclavos la adoraban como a una santa. Estaban convencidos de que Luiza tenía poderes mágicos. Algunas veces incluso Vitória lo pensaba, a pesar de que consideraba que las supersticiones y, sobre todo, los fetichismos de los esclavos no tenían ningún sentido. Luiza era una mujer enjuta de edad indefinida. Vitória calculaba que tendría unos cincuenta años, pero las anécdotas que Luiza narraba en sus escasos momentos de locuacidad hacían pensar que tenía bastantes más. Las razones de Luiza para ocultar su edad eran un enigma. ¿Quizás pensaba que con ello aumentaba su atractivo? Ridículo. La cocinera era flaca, vieja y muy negra, y precisamente por eso pensaba Vitória que no tenía derecho a criticar el aspecto de su sinhazinha.
