Vitória decidió que aquella vez no iba a cumplir el deseo de su madre de acompañarla al piso superior. Tenía demasiado trabajo como para realizar aquel lento ritual. Su madre tenía que apoyarse en alguien hasta llegar a su habitación y, una vez sentada en su butaca, pedía una manta, su libro de oraciones, su bordado… O, algo que Vitória debía evitar a cualquier precio, iniciaba una conversación sobre la enfermedad que, en su opinión, Dios le había enviado para enseñarla a ser humilde.

– ¡Miranda! Ven y ayuda a dona Alma a ir a su habitación.

– Muy bien, sinhá Vitória.

La joven, que estaba esperando en la puerta del comedor a que la familia se levantara de la mesa para recogerla, se acercó corriendo.

– ¡Despacio, Miranda! En casa no se corre. Es un lugar de paz y bienestar, y así debe permanecer -dijo Vitória clavando sus ojos en la muchacha-. Y en cuanto dona Alma tenga todo lo que necesita, vuelves aquí. Lo antes posible, pero sin correr, ¿entendido?

– Sí, sinhá.

Dona Alma guardó silencio y le lanzó una mirada escéptica a su hija. Parecía sospechar que aquella pequeña reprimenda pretendía ser una demostración de su capacidad como ama de casa. Con un callado suspiro se agarró al brazo de Miranda, levantó con la otra mano la falda de tafetán negro y subió penosamente la escalera.

– Mamae, que descanse. Luego iré a verla -dijo Vitória. De nuevo volvía a tener mala conciencia.

Se acercó a la ventana para echar otro vistazo al blanco esplendor que brillaba bajo el sol de la mañana. ¡Menudo espectáculo! Sólo por aquello merecía la pena vivir tan lejos de la Corte y ser considerado en Río de Janeiro como un campesino.

A pesar de todo el trabajo que le esperaba, hoy se daría un pequeño paseo por los cafetales. Un par de espléndidas ramas serían lo más adecuado para adornar la mesa, las flores blancas combinarían a la perfección con los manteles adamascados y la fina porcelana de Limoges.



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