
– Luiza, ¿qué le pasa a mi aspecto?
– Niña, pareces una campesina, con esos horribles zapatos y ese viejo vestido. Y encima sin corsé. Si te viera senhor Eduardo…
– Pero papá no me ve. Punto. Y esta noche, cuando vengan los invitados, no me vas reconocer.
– ¿Qué invitados?
– Viene Pedro, con tres amigos.
– Ya era hora de que se dejara ver por su casa -gruñó Luiza.
Su tono no engañó a Vitória. Sabía que Luiza adoraba a Pedro y que se alegraba de su llegada.
– Cualquiera sabe lo que ha preparado. ¿Qué le traerá a casa a mediados de semana? -Luiza volvió a hundir sus delgados pero fuertes brazos en la masa.
– Yo me pregunto lo mismo. Pero como viene con amigos, caballeros distinguidos, el motivo podría ser excepcionalmente agradable. En cualquier caso, tenemos que pensar algo, papai también tendrá esta noche un motivo de celebración.
La cocinera puso un gesto pensativo, pero siguió amasando con fuerza.
– Assado de porco -dijo Luiza de pronto. Su tono no permitía discusión alguna-. A Pedro le encanta mi asado de cerdo. Y a los demás caballeros también les gustará: los hombres jóvenes tienen que comer bien. Podemos acompañarlo con patatas, aunque en mi opinión pega más la mandioca cocida. Pero seguro que a dona Alma no le gustará.
– ¡Pamplinas! La mandioca es lo más apropiado. -Vitória adoraba las doradas rodajas asadas de aquella raíz, crujientes por fuera y harinosas y dulces por dentro. Pero lo que más valoraba de la mandioca era que se trataba de un alimento no europeo. La alta sociedad brasileña trataba de imitar en todo al viejo continente, sin alcanzar nunca el mismo grado de refinamiento, y Vitória ya estaba harta de aquella horrible costumbre.
Luiza levantó un párpado.
– Niña, niña… -Parecía adivinar siempre las ideas de Vitória-. Tú sólo prefieres la mandioca porque a dona Alma no le gusta.
