
Con seis dormitorios y dos baños en la planta superior, la mansión resultaba demasiado grande para la familia da Silva. Cuando su padre construyó la casa, la familia tenía unas perspectivas que luego no se cumplieron. Dona Alma dio a luz siete hijos, pero tres de ellos fallecieron al poco de nacer. Otro murió a los once años a causa del cólera que asoló el país en 1873, y su hermano mayor sucumbió al tétanos tras haberse herido con una valla oxidada. Sólo quedaban ella y Pedro, y éste sólo iba a casa esporádicamente.
Vitória sacó del armario el mantel más grande y lo desdobló. Olía suavemente a lavanda. Si iban a ser siete comensales tendrían que utilizar la mesa grande. Le pareció que el mantel estaba bien. ¿Y las servilletas con delicadas puntillas a juego con el mantel? Vitória miró a ver si tenían manchas, si estaban amarillentas o con agujeros, pero no vio nada. Mejor. Volvió a doblar con mucho cuidado el mantel y las servilletas, las dejó a un lado y cerró las puertas del viejo armario de madera de cerezo que, al igual que toda la ropa, formaba parte del ajuar de su madre.
Justo cuando iba a salir de la habitación su mirada se posó sobre el vestido de baile que estaba colgado en una percha junto a la puerta. Tras la fiesta en casa de los Gonzaga habían llevado el vestido a la costurera para que le hiciera algunos arreglos. Vitória había bailado tanto que no sólo se había descosido por debajo, sino que además se habían soltado los volantes de las mangas. Gracias a Dios sólo lo había notado ella -y su madre, naturalmente-, pues el resto de invitados tampoco pararon de bailar.
¡Menuda fiesta! Rogério, su más ferviente admirador, había bailado tan emocionado a su alrededor que ella se sintió mareada.
