
El precioso vestido estaba ahora allí colgado, parecía nuevo, recién lavado y planchado. La mujer encargada de lavarlo lo debía de haber traído hacía poco. A Vitória le enojaba que no se lo hubieran dicho. ¿Y si no lo hubiera visto? Un vestido como aquél no se podía dejar así colgado en un rincón, sin más. Descolgó la percha y observó el elegante vestido. ¡Qué sueño de traje! La seda azul claro armonizaba a la perfección con el color de sus ojos y hacía aún más elegante su piel blanca como la nieve. Las diminutas rosas blancas que decoraban la larga falda resultaban casi inocentes en un fascinante contraste con el generoso escote.
Vitória se acercó el traje a la cintura y miró hacia abajo. Los rústicos zapatos que asomaban bajo el vestido la hicieron reír, pero no impidieron que se marcara unos pasos de vals y girara sobre sí misma. Susurró en voz baja la melodía del vals vienes con el que se había deslizado por el salón de baile y que, si Rogério no la hubiera sujetado -¿quizás con demasiada fuerza?- la habría hecho desmayarse.
¿Cómo aguantaría hasta la próxima fiesta? ¡Faltaban tres interminables semanas! Pero, al menos, la boda de Rubem Araujo e Isabel Souza prometía ser un gran acontecimiento. Habría más de doscientos invitados, y los Souza no iban a escatimar en gastos, pues estaban muy contentos de haber encontrado un buen partido para su pálida hija. ¡Por fin otra ocasión para engalanarse! Aunque, evidentemente, Vitória no podría ponerse ese mismo vestido ya que los invitados serían los mismos de la fiesta de los Gonzaga. ¿Qué tal el rojo cereza? Era un traje extraordinariamente llamativo pero de exquisita elegancia, y le sentaba muy bien a su piel blanca y su cabello negro.
