
Los pensamientos de Vitória fueron bruscamente interrumpidos. Miranda entró apresuradamente en la habitación.
– Sinhá Vitória, tiene visita. No me he atrevido a hacerle entrar.
¡Ay, ojalá no fuera nadie importante! Miranda tenía instrucciones muy precisas de no dejar entrar en casa a nadie que no conociera, aunque podría tratarse de alguien a quien la muchacha no hubiera visto todavía en los tres meses que llevaba en Boavista. El banquero Veloso, por ejemplo, o la viuda Almeida.
Pero en la puerta había un hombre al que Vitória no había visto nunca. Sus botas estaban cubiertas de barro y su traje, que delataba su origen humilde, estaba igualmente sucio. Parecía haber cabalgado durante mucho tiempo. Se había quitado el sombrero de piel y la marca sobre la frente revelaba que lo había tenido puesto durante muchas horas. Llevaba el pelo largo, recogido en la nuca, aunque se habían soltado algunos mechones, que caían sobre su cara dándole un aspecto temerario. En las caderas llevaba un cinturón del que colgaba un gran revólver.
Una aparición sumamente sorprendente. Por su vestimenta podría tratarse de un gaucho, un campesino del sur del país. Por su pelo negro azulado y sus ojos ligeramente rasgados podría ser un caboclo, un mestizo de indio como los que en esos días vagaban por la región en busca de trabajo. Sin embargo, su actitud no era ni la de un sencillo campesino ni la de un caboclo. Con la cabeza erguida, dirigió a Vitória una mirada que era todo menos humilde, haciéndole sentir un escalofrío en la espalda. ¿Acaso sería un bandolero? ¿Quién iba por ahí, a plena luz del día, con un revólver? La respiración de Vitória se aceleró imperceptiblemente. Estaba sola, no podía esperar ayuda ni de su madre postrada en la cama ni de la torpe Miranda. Luiza estaba en la cocina, en la parte posterior de la casa, donde no se enteraría si se producía un asalto, y Félix debía de haber salido hacia Vassouras hacía tiempo.
