
– Buen hombre se ha confundido de puerta. La entrada de servicio para los suministros se encuentra en la parte trasera de la casa, como en todas las haciendas del país. Y si quiere vendernos algo, no necesitamos nada.
Antes de que el hombre pudiera decir una palabra, Vitória le cerró la puerta en las narices. En aquel mismo instante se arrepintió de su exagerada reacción. ¡Realmente estaba empezando a ver fantasmas! Un ladrón: tenía demasiada fantasía. Seguro que se trataba de un comerciante que quería venderles tijeras, herramientas o semillas para la nueva cosecha de maíz. Por una ventana lateral observó cómo se subía al caballo con elegancia y se marchaba.
El caballo parecía tan cansado como su dueño, pero era de raza más noble que él. «Curioso, -pensó Vitória-, un animal tan espléndido en manos de un sujeto así». La gran cantidad de alforjas, bolsas y sacos que el animal llevaba encima hacían pensar que el hombre era realmente un comerciante. Vitória pensó que si era así quizás su reacción había sido correcta. ¿Adonde iríamos a parar si cualquiera se atrevía a llamar a la puerta principal? ¡Querrían incluso sentarse en los mullidos sillones del vestíbulo y que les sirvieran un café!
En Boavista no se rechazaba a nadie. Cualquier comerciante podía ofrecer su mercancía, cualquier indigente recibía un plato de sopa, cualquier soldado de paso podía calmar su sed y la de su caballo. Pero todos debían llamar a la puerta de atrás, donde les recibían Miranda o Félix o algún otro esclavo encargado de las tareas de la casa. Sólo los que querían visitar a la familia da Silva por motivos privados o profesionales podían llamar a la puerta principal.
