¿Existía alguna otra planta tan cambiante? ¿Que fuera caprichosa como una rosa y productiva como ninguna otra planta y cuya esencia, el grano de café, tuviera a la vez un aspecto tan modesto y un sabor tan exquisito?

Vitória recordó de pronto que la esperaban para desayunar. Cerró la ventana. Le habría gustado seguir embriagada por el aroma y la vista de los cafetales. A pesar de que era muy temprano, el calor caía ya a plomo sobre el paisaje. Dentro de poco cualquier movimiento se convertiría en un suplicio. Cuanto más tiempo dejara Vitória la ventana y las cortinas abiertas, menos tardaría el sol abrasador en eliminar el frescor cuidadosamente preservado de la habitación.

– ¡Sinhá Vitória, dese prisa! La están esperando. -La criada asomó de pronto por la puerta dándose, como siempre, aires de importancia.

Vitória se sobresaltó.

– Miranda, ¿por qué te mueves siempre tan sigilosamente? ¿No puedes comportarte como una persona civilizada? ¡Tienes que llamar a la puerta y esperar a que te responda antes de entrar, te lo he explicado mil veces!

¿Pero qué podía esperar? Miranda llevaba poco tiempo a su servicio, era un ser tosco y sin modales que su padre había comprado al fazendeiro Sobral por compasión, de forma extraoficial, naturalmente, puesto que la importación de esclavos estaba prohibida desde 1850 y el comercio interior estaba estrictamente reglamentado. Hacía ya más de treinta años que no se celebraban subastas públicas de africanos recién llegados. El que necesitara más trabajadores debía confiar en la fertilidad de los esclavos existentes o recurrir al mercado negro. Y cuantos menos esclavos nuevos llegaban, mejor había que cuidar a los que se tenían. Un fazendeiro, un terrateniente, antes de dar latigazos a un esclavo rebelde, se lo pensaba hoy mucho más que hacía treinta años.



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