
– ¡Di a mis padres que ya voy!
– Muy bien, sinhá Vitória -Miranda hizo una torpe reverencia, se dio la vuelta y cerró la puerta tras de sí.
«¡Cielos!», murmuró Vitória; se ajustó la falda de brocado con un gesto de disgusto, se puso sobre los hombros su bata de auténtico encaje de Bruselas y se miró al espejo que había sobre el tocador. Con gran habilidad se hizo una trenza que le llegaba casi hasta la cintura y la recogió en un pudoroso moño. Luego se calzó unas chinelas y se dirigió hacia el comedor.
Alma y Eduardo da Silva la recibieron con miradas de reproche.
– Vitória, hija mía. -Dona Alma saludó con voz ronca a su hija. Vitória fue hacia ella y le dio un beso en la frente.
– Mamae, ¿cómo se encuentra esta mañana?
– Como siempre, querida. Pero vamos a rezar para que tu padre pueda empezar a almorzar. Tiene prisa, como ya sabes.
– Papai, lo siento…
– ¡Sshh! Después.
Dona Alma ya había juntado las manos y murmuraba una breve oración. Con las oscuras sombras bajo los ojos, los arrugados dedos reumáticos y el cabello recogido y tirante, salpicado de numerosas mechas grises, tenía el aspecto de una anciana. Pero Alma da Silva tenía tan sólo cuarenta y dos años, una edad a la que muchas otras damas de la sociedad todavía acudían a bailes y miraban a los maridos de sus amigas. Y por muy ridículas que resultaran, a veces Vitória deseaba que su madre fuera también más alegre y un poco menos mártir.
