Nadie podía permitirse tener braceros enfermos o hambrientos. Y menos el padre de Vitória, Eduardo da Silva, propietario de una de las mayores fazendas del valle del Paraíba y con más de 300 esclavos. Tenía demasiados enemigos como para poder permitirse infringir la ley o atentar contra la moral dominante maltratando a los negros. Además estaba casado con una mujer que llevaba a rajatabla el amor cristiano al prójimo. Y allí estaban los dos en el comedor, esperando a su hija, que excepcionalmente se retrasaba porque se había dejado llevar por sus ensoñaciones con las flores del café.

– ¡Di a mis padres que ya voy!

– Muy bien, sinhá Vitória -Miranda hizo una torpe reverencia, se dio la vuelta y cerró la puerta tras de sí.

«¡Cielos!», murmuró Vitória; se ajustó la falda de brocado con un gesto de disgusto, se puso sobre los hombros su bata de auténtico encaje de Bruselas y se miró al espejo que había sobre el tocador. Con gran habilidad se hizo una trenza que le llegaba casi hasta la cintura y la recogió en un pudoroso moño. Luego se calzó unas chinelas y se dirigió hacia el comedor.

Alma y Eduardo da Silva la recibieron con miradas de reproche.

– Vitória, hija mía. -Dona Alma saludó con voz ronca a su hija. Vitória fue hacia ella y le dio un beso en la frente.

– Mamae, ¿cómo se encuentra esta mañana?

– Como siempre, querida. Pero vamos a rezar para que tu padre pueda empezar a almorzar. Tiene prisa, como ya sabes.

– Papai, lo siento…

– ¡Sshh! Después.

Dona Alma ya había juntado las manos y murmuraba una breve oración. Con las oscuras sombras bajo los ojos, los arrugados dedos reumáticos y el cabello recogido y tirante, salpicado de numerosas mechas grises, tenía el aspecto de una anciana. Pero Alma da Silva tenía tan sólo cuarenta y dos años, una edad a la que muchas otras damas de la sociedad todavía acudían a bailes y miraban a los maridos de sus amigas. Y por muy ridículas que resultaran, a veces Vitória deseaba que su madre fuera también más alegre y un poco menos mártir.



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