
– Amén -Eduardo da Silva finalizó impacientemente la oración apenas hubo recitado su mujer el último verso-. Bien, querida Vita, ahora puedes disculparte, si es eso lo que pretendías hacer antes.
Su padre mordió con fuerza su torrada, en la que había untado una gran cantidad de queso fresco y mermelada de guayaba. Pero tanto su mujer como su hija le disculpaban. Eduardo da Silva se levantaba todos los días a las cuatro, trabajaba durante dos horas en su escritorio para, después, al amanecer, dedicarse a sus otras tareas como fazendeiro. Inspeccionaba los establos y las senzalas, los barracones de los esclavos, recorría los campos a caballo y revisaba los cafetales, le daba al capataz las instrucciones diarias y todavía le quedaba siempre una palabra amable para el herrero o la mujer que ordeñaba el ganado. Alrededor de las ocho volvía a la mansión para desayunar con su mujer y su hija, un ritual que para él era sagrado. No era de extrañar que para entonces estuviera muerto de hambre y prescindiera en ocasiones de los buenos modales a la mesa.
En aquel momento se limpiaba las migas de la barba, que tenía el mismo impresionante aspecto que la del emperador.
– Papai, lo siento. Había olvidado por completo que hoy tiene que ir a Vassouras. Pero ¿es que no lo ha visto? ¡El cafetal está en flor! ¡Es maravilloso!
– Sí, sí, parece que va a ser una cosecha realmente buena. Espero que el senhor Afonso no haya pensado hoy lo mismo y se eche atrás.
– Seguro que no. Ni siquiera una cosecha tan buena como ésta puede salvarle ya. Esta vez venderá.
– ¡Que Dios te escuche, Vita! Pero con Afonso nunca se sabe. Está loco y es imprevisible. ¿Me pasas, por favor, los brioches?
La cesta con los bollos estaba justo delante de dona Alma, que intentó adelantarse a su hija. Pero aquel movimiento la obligó a detenerse de pronto haciendo un gesto de dolor.
