
– Mamae, ¿se encuentra mal?
– Los dolores son sencillamente espantosos. Pero no os preocupéis por mí, mandaré buscar al doutor Vieira. Su medicina hizo milagros en el último ataque. ¿Podrás prescindir hoy de Félix? -le preguntó a su marido.
Félix era el chico para todo en Boavista. Tenía catorce años, era alto y fuerte. Pero ya no podía trabajar en la recolección. Era mudo, y en el cafetal sólo podía hacer frente a las burlas de los esclavos con sus propios puños. Tras un par de semanas en los campos, de los que Félix regresaba todas las tardes con graves heridas, el padre de Vitória decidió que el chico se quedara en la casa. Siempre se necesitaba a alguien que hiciera los recados o ayudara en las tareas. Sacos de arroz, piezas de carne de cerdo, barriles de vino: siempre había algo que cargar. Entretanto el chico había aprendido a imitar los modales de su amo, y ya se le podían encargar también tareas menos toscas.
– ¡Tenía que ser precisamente hoy! -se lamentó dona Alma-. ¡Tenéis tantas otras cosas que hacer!
Vitória miró a su madre sin comprender. ¿Muchas otras cosas? Naturalmente, ella tenía todavía mucho que hacer. Desde que su madre estaba tan débil a causa de su enfermedad, Vitória se ocupaba de gobernar la casa. Pero ¿qué estaba previsto para hoy que iba más allá de sus obligaciones habituales?
– Ah, querida, ¿no te había dicho nada? Pedro vendrá esta tarde, y lo hará acompañado de un par de amigos. Uno de ellos es sobrino del emperador. Así que, por favor, ocúpate de que no les falte nada a nuestros ilustres invitados.
Vitória frunció el ceño. ¿Acaso su madre le anunciaba tan tarde la visita intencionadamente? No, dona Alma podría estar débil y quejumbrosa, pero seguía siendo una madre sacrificada que nunca haría daño a su hija de forma deliberada. Además, en los últimos tiempos era frecuente que Vitória fuera la última en enterarse cuando ocurría algo extraordinario, aunque luego el trabajo recayera sobre ella.
