
Y seguro que no iba a ser fácil atender a esta visita. ¡Ilustres invitados, qué risa! Conociendo a su hermano Pedro, se presentaría con un grupo de amigos escandalosos y mal educados. Se comerían los exquisitos manjares en un santiamén, sin decir una sola palabra de elogio. Se beberían los caros vinos de Borgoña como si fueran agua, y tras su partida, el salón seguiría apestando a tabaco durante días.
Sería mejor que les preparara a aquellos jóvenes, fuese cual fuese su origen, un sencillo puchero de carne seca, plato de carne de vaca secada al sol que devorarían con mayor apetito que las más finas exquisiteces. Vitória estaba segura de ello. No importaba que tuviera la obligación de atender a su familia y a sus invitados conforme a su posición social. En cualquier caso, Boavista se convertiría aquella tarde en la fazenda más grande de la zona, si todo iba bien y el senhor Afonso no cambiaba de opinión en el último segundo.
Esta vez parecía que el negocio iba a funcionar bien. Tres años antes una cosecha récord había salvado a Afonso Soares de la ruina en la que había caído su fazenda a causa de su pasión desmedida por el juego. Pero ahora no podría salvarle ni siquiera la más generosa cosecha de café. Según se comentaba, esta vez Afonso había perdido casi toda su fortuna en una partida jugada en la capital. Si quería conservar al menos su mansión y asegurar a su familia un mínimo de confort, tendría que desprenderse de los campos que limitaban con Boavista.
– ¡Tengo que irme, Vita! Cuando regrese Félix, podrías ir con él a la bodega y explicarle dónde están las cosas y lo que debe hacer con las botellas. Creo que ya puede asumir esa responsabilidad. Y de paso podríais subir el Lafite de 1874. Seguro que esta noche tendremos un buen motivo para brindar.
Eduardo da Silva le guiñó el ojo a su hija, se despidió cariñosamente de su mujer y abandonó la habitación con paso enérgico.
