Su laboriosidad y la creciente demanda de “oro verde” a escala mundial convirtieron en poco tiempo a Eduardo da Silva en un hombre rico, pero fue una casualidad la que le llevó a formar parte de la nobleza. Dom Pedro II le otorgó el título de barón en agradecimiento por haber asistido y salvado la vida a un miembro poco importante de la familia imperial cuando éste sufrió un accidente mientras montaba a caballo. Así, Eduardo da Silva, un inmigrante portugués que a fuerza de trabajar había ascendido a señor de Boavista desde el escalafón más bajo, se convirtió en el barón de Itapuca. Y dona Alma, la única hija de un empobrecido noble portugués de provincias, se liberó por fin de la ignominia de haberse casado con alguien de clase inferior.

– ¿Ha elegido el menú? Creo que si los caballeros son tan importantes debemos impresionarles, aunque no va a resultar fácil. Ya no quedan ni terrina trufada ni jamón italiano.

– Bueno… ya se os ocurrirá algo a Luiza y a ti -contestó dona Alma eludiendo la pregunta. Luiza, la cocinera, trabajaba desde siempre con la familia y la experiencia le permitía mantener la calma en todo momento-. Acompáñame a mi habitación, quiero descansar un poco.

«¡Típico!», pensó Vitória. Le ofreció el brazo a su madre y la acompañó hasta las escaleras. Siempre que se daban circunstancias excepcionales, siempre que había que poner más imaginación y trabajo, dona Alma se sentía indispuesta. ¡Qué injusto! Ella, Vitória, tenía que asumir a sus diecisiete años la responsabilidad para que la casa funcionara bien todos los días, y ¿cómo se lo agradecía su madre? Con un gesto de dolor que hacía que ella se tuviera que callar cualquier crítica.



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