– Ha perdido el tren -musitó entre dientes-. Tendría que haberlo imaginado.

Cuando Nick volvía hacia el aparcamiento maldiciendo en voz baja, un deportivo rojo paró a su lado y un joven saltó del coche para abrirle la puerta a una diosa. Era la única manera de definirla. La chica tenía unas facciones perfectas, misteriosos ojos verdes y una melena de color castaño claro que caía en ondas sobre sus hombros. Su esbelta figura estaba envuelta en un caro traje de lino de color claro que se ajustaba delicadamente a sus formas. La blusa blanca era de seda y llevaba una cadenita en el cuello. Nick tuvo que contener el aliento.

– No tienes que quedarte a esperar, Freddy, cariño -dijo ella. Su voz tenía un timbre suave y melódico que fascinaba a Nick.

– Es que quiero quedarme -dijo el joven-. No pienso dejar que te enfrentes sola al enemigo.

La risa alegre de ella hizo que Nick soltara el teléfono móvil, en el que había empezado a marcar el número de Isobel.

– No es el enemigo -decía la joven.

– Siempre que hablas de él, lo haces parecer un monstruo.

– Puedo cuidar de mí misma, Freddy. Y no me dan ningún miedo los monstruos.

– Eres muy valiente. Llámame si se pone bruto.

– De acuerdo. Me gusta saber que cuento contigo -dijo la chica con cierta ironía. Cuando por fin, el insistente Romeo fue persuadido de que podía marcharse, la diosa se dio la vuelta para mirar a Nick. Un escalofrío de placer lo recorrió cuando sus ojos se encontraron.

– ¿Qué habrías hecho si no hubiera querido marcharse? -preguntó él.

– Habría encontrado la forma de convencerlo -sonrió ella. Por supuesto que lo habría hecho, pensaba Nick. Aquella mujer había nacido para hacer que los hombres cayeran rendidos a sus pies.

– ¿Te han dado plantón?

– ¿Perdón?

– El hombre que tiene que venir a buscarte, el «enemigo». No parece estar por ninguna parte -explicó él. Ella lo miraba con una encantadora sonrisa en los labios-. ¿Puedo invitarte a un café mientras lo esperas?



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