– ¿Que si puedes…? -empezó a preguntar ella, mirándolo con sorpresa.

– A menos que tengas que ir a alguna parte.

– ¿No has venido a buscar a alguien?

– He venido a buscar a una chica, pero no ha aparecido. Debería haberme imaginado que iba a pasar.

– ¿Quién es?

– La hermana de mi cuñada. Me he dejado convencer para cuidar de una cría insoportable durante dos semanas, pero no ha aparecido. Con un poco de suerte, habrá cambiado de opinión.

– Nunca se sabe -dijo ella, mirándolo con curiosidad-. Y sí, me apetece un café, gracias.

– Estupendo. Pero primero tengo que llamar a su hermana.

– ¿Para qué molestarte? Probablemente, llegará en el próximo tren. Llámala más tarde – dijo, con una sonrisa irresistible.

Poco más tarde, estaban sentados en una agradable cafetería.

– Me llamo Nick.

– Yo me llamo… Jennifer.

– No pareces muy segura.

– Mis padres me pusieron varios nombres. Tengo cinco. Mary, Jennifer, Alice y un par de ellos más. Cada día uso uno diferente. Depende de mi estado de ánimo.

– ¿Y hoy te llamas Jennifer?

Había un brillo de burla en los ojos de la chica que Nick no entendía.

– Eso es. Háblame sobre la cría insoportable. Debes de ser muy generoso para haber aceptado encargarte de ella.

– Bueno, sólo serán un par de semanas. Cuando quieres a la gente, haces cosas por ellos.

Ella lo miraba con simpatía y Nick se encontró a sí mismo hablando sobre Isobel. De vez en cuando, Jennifer asentía sonriendo. De hecho, había algo en ella que le recordaba a Isobel. Nada físico, porque no se parecían ni remotamente, sino un aura de calidez y comprensión.

– ¿Sabes lo que pienso? -preguntó, cuando él hubo terminado el relato-. Que aún sigues enamorado de Isobel.

– Bueno… quizá un poco. Es como un ideal de mujer para mí, alguien a quien el resto de las mujeres nunca podrán parecerse. Y menos que nadie, el bichejo venenoso.



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