
– ¿Lilian no puede ayudarte? Se supone que es tu novia.
– Mi relación con Lilian no es tan seria como eso -dijo Nick-. Y no creo que pudiera resistir ningún susto. Katie sólo estará en Londres dos semanas y va a quedarse en mi apartamento.
– ¡Ah! Cerca del bellísimo Derek.
– Cerca de Derek, exactamente. ¿Cómo podría volver a mirar a Isobel a los ojos si Katie se metiera en algún lío? Por eso pensé…
– En mí -terminó ella la frase por Nick.
– Sé que tienes un corazón de oro, Patsy, y que no me dejarás en la estacada.
Patsy se quedó pensativa durante unos segundos.
– Tendré que llevarme a Horacio -dijo por fin.
Horacio era su mascota; un gato persa con un carácter endiablado. Nick lo había conocido cuando ella lo había llevado a la oficina durante un par de días porque estaba enfermo y tenía que darle una pastilla cada dos horas. Horacio era un gato viejo y caprichoso que adoraba a su dueña y odiaba al resto de los seres humanos. Todo el mundo en la oficina había respirado aliviado cuando, por fin, se lo había llevado de vuelta a su casa.
– De acuerdo -asintió Nick, resignado.
– En ese caso, iré a tu apartamento cuando quieras.
– ¡Bendita seas! Me has salvado la vida.
– Bendito seas tú por salvar la mía. Estaba pensando si podía permitirme un crucero por las Bahamas.
– ¿Perdón? -preguntó Nick, perplejo.
– Estar de servicio día y noche tiene un precio.
– ¿Y qué ha pasado con el corazón de oro?
– ¿Tú sabes lo caro que está el oro últimamente?
Al día siguiente, Nick fue a la estación a esperar a Katie. Decidido a cumplir con su deber, la invitaría a merendar, se comportaría amablemente y después le explicaría las reglas de convivencia.
El tren llegó a su hora, pero Nick veía pasar a los viajeros uno tras otro sin encontrar a ninguna chica que se pareciera remotamente a Katie. Unos minutos más tarde, no quedaba nadie en el andén.
