– ¿Cómo?

– El bichejo venenoso -sonrió él-. Acabo de acordarme de que era así como llamaba a Katie.

– ¿Y se lo merecía? -preguntó la diosa con voz ligeramente atragantada.

– No te lo puedes imaginar.

– Seguro que no te atrevías a llamárselo a la cara.

– ¡Desde luego que no! Me habría metido sapos en la cama. No, nunca se lo dije. Aunque ella también me ponía motes y se lo contaba a todo el mundo.

En ese momento, se produjo un cambio desconcertante en la expresión de la diosa. El brillo de sus ojos era, desde luego, poco amistoso.

– Pero ella también tenía un nombre secreto para ti -dijo Jennifer, la diosa, de repente-. Uno que tú no conocías. ¡Nick el estirado!

– ¿Qué?

– Nick, el estirado -repitió ella-. ¡Nick, el asqueroso! ¿A que no lo sabías?

– Pero… ¿de qué estás hablando?

– Estoy hablando de que lo sé todo sobre ti, Nick. Sé que sólo comes pomelo para desayunar y que lees en la cama hasta muy tarde porque duermes pocas horas. Incluso sé que tienes un pie más largo que otro.

– ¿Cómo puedes saber eso? -preguntó Nick, estupefacto.

Pero no hacía falta preguntar. La venda había caído de sus ojos y, con una angustia indescifrable, empezaba a reconocerla: su azote, su pesadilla, su enemigo: ¡Katie!

Capítulo 2

Era Katie. La odiada quinceañera de sus recuerdos se había convertido en una diosa. Y él le había contado… ¿qué no le había contado? Nick emitió un gemido al recordar la confesión.

– Un momento -dijo él, luchando por su vida-. Tú no puedes ser Katie. Ella era…

– ¿Sí? -preguntó Katie, amenazadora-. Cuidado con lo que dices.

– Katie era… sé que han pasado cinco años, pero nadie cambia tanto. Sólo eras una niña.

– Tenía dieciséis años.



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