– Lo que no entiendo es cómo Isobel no me ha avisado de que venías en coche.

– Ella no lo sabía. Quería darte una sorpresa.

– Querías pillarme, querrás decir.

– No se me había ocurrido pensar que no ibas a reconocerme, pero la verdad es que me alegro. De ese modo, me he enterado de muchas cosas. ¿Cómo te atrevías a llamarme el bichejo venenoso!

– ¿Y tú como te has atrevido a decirle a ese Freddy que yo era el enemigo?

– ¡Porque es verdad! -exclamó ella. Mientras se miraban con los ojos brillantes, el tiempo parecía volver atrás. De nuevo estaban enfrentados y, de nuevo, ella era su pesadilla-. Mira que llamar a una niña inocente el bichejo venenoso

– ¡Tú eras tan inocente como Atila! Y no eras una niña. Tenías dieciséis años.

– Pero tú no lo sabías.

– ¡Eso es irrelevante!

– ¡No lo es!

– Desde luego hay una cosa que no ha cambiado, Katie. Eras irritante entonces y lo sigues siendo ahora.

– Lo mismo digo.


Nick y Katie dejaron las hostilidades a un lado mientras cenaban. Nick había reservado mesa en un restaurante italiano que contaba, afortunadamente, con la aprobación de Katie. Su llegada había causado una pequeña conmoción y dos jóvenes camareros casi llegaron a las manos por el privilegio de atenderla.

– ¿Por qué estás tan triste? -preguntó ella, mientras comían spaguetti.

– No estoy triste. Sólo estoy pensando. Cuando hice mis planes, pensaba en una niña. Obviamente, tendré que cambiarlos.

– ¿Has hecho planes para mí? -rió ella-. Estupendo. ¿Qué planes?

– No sé, visitas por la ciudad y esas cosas.

– ¿Vas a llevarme a la Torre de Londres?

– Puedes ir a verla, pero no será conmigo. Te compraré una guía e irás tú sólita.

– ¿No vas a venir conmigo?

– No.

– ¿Vas a dejarme sola en una ciudad tan peligrosa como Londres? -preguntó Katie-. Supón que me secuestran.



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