
– ¡No tendré esa suerte!
– Y que piden rescate.
– Lo pagaría para que se quedasen contigo -afirmó él. Katie lanzó una carcajada, mientras enrollaba un spaguetti en su tenedor con gran dedicación. Observando su habilidad, Nick tenía que admitir que era una de las pocas mujeres que conocía que podían comer spaguetti con gracia-. ¿Qué tenías en mente cuando decidiste venir a Londres?
– No sé, -empezó a decir ella- ir a ver museos, al teatro, comprar ropa y pasarlo bien.
– Pues vas a estar muy ocupada estas dos semanas.
– Necesitaré más de dos semanas.
– Isobel me dijo que serían dos semanas como máximo -dijo él, sintiendo un escalofrío por la espalda.
– Sí, es verdad. Pero creo que necesitaré más tiempo.
– ¿Cuánto más?
– No lo sé. Depende de si lo paso bien o no. Además, me lo merezco. He trabajado mucho durante los últimos años -suspiró. Como si fuera Cenicienta, pensaba Nick.
– ¿Haciendo qué?
– Ayudando a mi padre en la granja. No hay muchos empleados, así que he estado trabajando como una esclava. Me levantaba al amanecer y me acostaba antes de que anocheciera. Esa ha sido mi vida. No sabes lo que significa para mí estar por fin en una gran ciudad. Es abrumador.
Cuando Nick estaba a punto de empezar a sentir simpatía, descubrió un brillo irónico en los ojos verdes de Katie.
– Corta el rollo -ordenó-. Has estado viviendo en Sidney y tu padre es alérgico al polen.
– ¿Y tú cómo sabes eso?
– Me lo contó Isobel.
– ¡Ah, claro, si te lo contó Isobel…! -exclamó ella, sarcástica.
– Creo que lo mejor será que olvidemos lo que he dicho en la estación -dijo Nick, poniéndose colorado.
– No te preocupes. No has dicho que aún estuvieras enamorado de ella. Eso me lo he imaginado yo.
– Pues te imaginas mal -dijo él, entre dientes.
– No te ves la cara. Sigues loco por ella.
– ¡Deja de decir tonterías! Isobel es la mujer de mi hermano.
