– Pero antes era tu novia. Aunque, nunca llegasteis a…

– No. De eso te encargaste tú.

– ¿Perdón?

– Nada. Y te lo voy a decir por última vez: no estoy enamorado de Isobel.

– ¿No?

– Claro que no.

– Entonces, ¿qué estás haciendo aquí, conmigo? -preguntó ella, como si acabara de sacar un conejo del sombrero-. Si no estuvieras intentando impresionar a mi hermana con tu inquebrantable devoción, yo estaría tirada en un cubo de basura -añadió. Aquello estaba tan cerca de la verdad que Nick sólo podía mirarla, sin decir nada-. Vamos, admítelo. No quieres tenerme en tu casa…

– No hay que ser un genio para adivinar eso. ¿Por qué iba a querer tenerte en mi casa? Tengo trabajo, cosas que hacer… Pero eres la cuñada de mi hermano y sigues siendo muy joven, aunque te creas muy lista. Isobel me ha pedido que cuide de ti para que no te metas en líos y eso es lo que voy a hacer.

– No sé si vas a ser capaz, Nick -sonrió ella, con un brillo burlón en los ojos.

– ¿Es que nunca has oído hablar de cosas como la lealtad o el deber? -preguntó él, intentando recuperar la iniciativa.

– ¡Ah! Soy un deber.

– Desde luego, un placer no eres -replicó él.

– Eso que acabas de decir es una grosería -se quejó ella-. Vengo del otro lado del mundo, esperando recibir algo de calor y me encuentro con un muro de piedra -añadió, escondiendo la cara.

– Vamos, Katie, no quería hacerte daño.

– Lo sé -replicó ella, llevándose el pañuelo a los ojos-. Supongo que no es culpa tuya que seas tan insensible, Nick. La naturaleza te ha hecho así. No te puedes imaginar lo que es estar tan lejos y soñar con tu familia…

– Pero no soñabas conmigo, ¿verdad? Y, si soñabas, imagino que en los sueños me clavarías agujas -ironizó él. En ese momento, vio que las lágrimas asomaban a sus ojos-. Katie, no llores. Era una broma. Perdona, no quería ser tan grosero.



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