
– De verdad, Nick, es como quitarle un caramelo a un niño -dijo ella entonces, sonriendo de oreja a oreja-. No deberías dejar que te tomase el pelo con tanta facilidad.
– Pero, ¿serás… -empezó a decir él-. Ahora me acuerdo de que solías llorar cuando te daba la gana.
– Sí, entre todos mis otros pecados, deberías haber recordado ése -asintió ella.
– ¿Qué voy a hacer contigo?
– Por ahora, darme de comer. ¿Dónde está la lasaña que habíamos pedido?
Los camareros aparecieron a su lado como por encanto y, mientras uno retiraba el plato de spaguetti, el otro servía la lasaña y un tercero aparecía para servir el vino. Ella los recompensó con una sonrisa deslumbrante y los tres jóvenes se quedaron embobados.
– Habría muchos chicos jóvenes en Australia, supongo -dijo Nick, admirado ante aquella exhibición de poder.
– No lo sé. Es posible -contestó ella, como sin darle importancia.
– ¿Has perdido la cuenta?
– No, me parece que no he conocido tantos.
– Si lo que estoy viendo aquí es un ejemplo, yo pensaría que sí has conocido a muchos.
– ¿A qué te refieres? -preguntó ella, con aire de inocencia-. Ah, los camareros. ¿No pensarás que están pendientes de mí?
– No te hagas la tonta. No se ve una cara como la tuya todos los días.
– ¿De verdad te parezco guapa, Nick? -sonrió ella, iluminando parte del salón.
– Pasable -contestó él, negándose a morder el cebo.
– ¡Ja!
– No pienso seguirte el juego. Déjalo para impresionar a los críos de tu edad. Mientras estés aquí, yo soy como tu padre.
– No creo que seas mucho mayor que yo.
– No demasiado, pero te recuerdo que Isobel te crió y que yo estuve a punto de casarme con ella.
– ¿Casarte con ella? De eso nada.
– Prefiero no hablar de eso, si no te importa -dijo él, irritado.
– Has empezado tú, diciendo que eres como mi padre. De verdad, Nick, no deberías infravalorarte de ese modo. Tampoco estás tan mal.
