
– Yo siempre hago trampa -replicó Katie, con su voz más seductora-. Es la mejor forma de ganar -añadió, con una sonrisa que hubiera derretido el hielo. A Derek se le cayeron las llaves al suelo.
– Pues yo quiero ser el premio -dijo, por fin.
Viendo que el desastre era inevitable, Nick decidió actuar con rapidez. Su albornoz estaba colgado detrás de la puerta del baño y, de un saltó, se lo colocó a Katie sobre los hombros y lo cerró sobre su pecho.
Ella lanzó una carcajada. Su perfume y la proximidad de su cuerpo hacían que casi le diera vueltas la cabeza.
– Se supone que te estabas duchando, así que ¿por qué no vuelves al cuarto de baño?
– Pero si no me has presentado a tu amigo -protestó ella.
– Luego -dijo él, empujándola-. Más tarde.
– ¿No puedo conocerlo ahora?
– Más tarde -repitió él, cerrando la puerta del cuarto de baño tras ella.
– Eres un aguafiestas -dijo Derek.
Para alivio de Nick, Katie volvió a aparecer más tarde vestida con pantalones negros y un jersey azul sin mangas. Nick hizo las presentaciones y Derek tomó su mano con reverencia.
– No sabes cuánto me alegro de conocerte -estaba diciendo, sin apartar los ojos de su cara.
– Yo también. Estaba deseando conocerte desde que Nick me ha hablado de ti -dijo ella.
– Estoy seguro de que no te ha contado nada bueno.
– Pues no -admitió Katie con tristeza-. Pero seguro que ni la mitad de lo que ha dicho es verdad.
– ¿Qué le has dicho? -preguntó Derek.
– Nada, da igual -intervino dulcemente Katie-. Además, será mucho mejor enterarme de la verdad por mí misma.
– Muy buena idea.
Nick observaba el intercambio con sarcasmo.
– Ten cuidado, Derek -advirtió Nick-. Es experta en poner trampas a los hombres.
– ¿Queréis tomar algo? -preguntó Patsy, ofreciendo un canapé.
– No, gracias, ya he cenado. Además, Nick dice que estoy gorda.
