– Empiezo a preguntarme si es así -murmuró él.

– ¿Perdona?

– Nada. Tienes razón -contestó él por fin-. Nick tenía la incómoda sensación de que no había sido sincero del todo con Lilian. Le había hablado de la edad de Katie, de su aspecto y su enloquecedor comportamiento. Pero no le había hablado de las proporciones de su perfecta figura, ni de su belleza radiante ni del brillo de sus ojos. Se decía a sí mismo que no había necesidad de contarle aquellos detalles. Lilian era abogado y en su tiempo libre se dedicaba a trabajar como voluntaria en varias obras de caridad. Nick disfrutaba de su compañía. Era inteligente, además de atractiva. La había llevado con él a una cena de trabajo y había recibido miradas de aprobación por parte de sus superiores. Estaba claro que Lilian había pasado la prueba.

– Dejemos de hablar de Katie. Prefiero pensar en ti. Hoy estás preciosa.

– Gracias, cariño. Espero que te hayas dado cuenta de que llevo puesto tu regalo -dijo ella, rozando el colgante con una perla que llevaba al cuello. Le iba bien a su complexión nacarada.

– Vamos a bailar -dijo él, levantándose.

Mientras daban vueltas por la pista, Nick reconoció a varias personas y las saludó. Aquel ambiente familiar lo hacía sentir cómodo, después de la tensión que vivía en su casa.

– ¿Has firmado un acuerdo con Beswick? -preguntó ella, refiriéndose a una compañía que buscaba asesoramiento financiero y que ella le había enviado desde su bufete.

– Estamos a punto de hacerlo. Creo que él está de acuerdo con los términos.

– ¿Puedes hablar más alto? No te oigo.

– Yo tampoco -dijo Nick, acercándose-. ¿Qué es ese ruido?

Una carcajada contestó a su pregunta y, cuando se volvieron, vieron un grupo de gente que entraba en el restaurante. Eran tres hombres que rodeaban a una joven. Todos parecían ansiosos por atraer su atención y ella les sonreía por turnos.



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