Durante la boda, Nick había escondido su corazón partido bajo un incómodo esmoquin y recordaba a Katie con un vestido de satén azul y cara de pocos amigos. Isobel le había dado un beso especial, lleno de comprensión y Brian los había mirado con una sonrisa en los labios, sin siquiera tener la decencia de sentirse celoso. Katie también estaba mirando y Nick hubiera jurado que la bruja sonreía.

No había vuelto a verla desde entonces. Habían pasado cinco años y ella se había marchado con su padre a Australia. Durante ese tiempo, Nick volvía a Delford por navidades y pasaba las vacaciones jugando con sus sobrinos. Eran tiempos alegres y el pasado estaba aparentemente enterrado.

Pero, durante el resto de su vida tendría que preguntarse si las cosas hubieran sido diferentes de no haber estado Katie por medio.

La idea de tener que cuidar de ella era deprimente. Tendría que llamar a Isobel y decirle que hiciera otros planes, se decía. El tráfico estaba parado de nuevo y Nick decidió aprovechar para llamar por teléfono. Incluso entonces sentía una punzada de placer al oír su voz: suave, un poco ronca, deliciosamente femenina.

– ¿Has recibido mi carta, Nick? Menos mal que puedo contar contigo.

– Ya sabes que puedes hacerlo, pero es que…

– Eres un cielo. ¿Puedo hacerte una confidencia?

– Claro que sí -suspiró él, nuevamente sin defensas.

– Katie me preocupa desde que volvió de Australia. Cree que es una mujer, pero en realidad es una niña. Está decidida a ir a Londres…

– Tienes que convencerla de que no venga, Isobel.

– Ya lo sé, pero no puedo. Si me opongo, irá de todas formas y dormirá en cualquier sitio. Es una chica muy testaruda y un poco imprudente, así que tendrás que vigilarla.



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