
– ¿Y qué pasará cuando yo esté trabajando? ¿Estás segura de que esto es una buena…?
– La verdad es que será una forma de alejarla de cierto chico -lo interrumpió ella-. Le ha dicho cientos de veces que no está interesada, pero él parece no entenderlo. Se llama Jake Ratchett. Es posible que intente localizarla en Londres.
– Isobel, yo…
– Nick, no sabes el peso que me quitas de encima.
– Ya sabes que haría cualquier cosa por ti -dijo él por fin, olvidando todas sus resoluciones.
– Un par de semanas serán suficientes. Cuidarás de ella, ¿verdad?
– Claro que sí.
– Asegúrate de que no se acuesta muy tarde.
– Confía en mí.
– ¿Te importaría salir con ella un par de veces, para enseñarle la ciudad?
– Lo haré por ti.
– Su tren llega a Londres mañana a las cinco y media. Le diré que vas a ir a buscarla.
– Isobel…
– Tengo que dejarte, Nick. El niño está llorando. Un beso de parte de Brian. Adiós, cariño.
Patsy Cornell era la mujer que dirigía su vida. Oficialmente, era su secretaria y delante de todo el mundo lo llamaba «señor Kenton», pero aquello no era más que una cortina de humo. Era una viuda de cincuenta años con dos hijos mayores y cuatro nietos y una profunda falta de respeto por los hombres. Gracias a algunas sabias inversiones podría haberse retirado cómodamente, pero sus hijos habían volado del nido y ella disfrutaba con su trabajo en la oficina.
Después de treinta años con Devenham & Wentworth, lo sabía todo sobre asuntos financieros. Nick reconocía la deuda que tenía con ella, que le había enseñado mucho de lo que sabía y lo había hecho, además, con gran tacto. Casi podría haber ocupado su puesto, pero prefería estar en la sombra porque de ese modo tenía más tiempo libre.
Cuando Nick la invitó a comer en el mejor restaurante de Londres, ella lo miró con sus ojos inteligentes y suspicaces, como intentando leer sus pensamientos.
