
– ¿De qué quieres convencerme? -preguntó la regordeta y alegre Patsy, con un brillo de ironía en los ojos.
– Quiero que vengas a vivir a mi apartamento -contestó Nick sin pensarlo dos veces.
– ¡Qué halagador! Lo siento, Nick, pero no estoy buscando un amante. Además, no eres mi tipo. Si se hubiera tratado de ese amigo tuyo tan guapo…
– ¿Por qué todas las mujeres piensan que Derek es guapo? -preguntó él, irritado.
– Porque es irresistible.
– Pues ese es justo el problema. Quiero que te interpongas entre el irresistible encanto de Derek y una jovencita por cuyo buen nombre tengo que velar.
– ¿No me digas? Cuéntame -rió Patsy. Él puso el problema sobre la mesa, figuradamente hablando-. La verdad es que la tienes tomada con esa pobre chica -opinó la mujer cuando Nick hubo terminado el relato.
– Tú no lo entiendes, Patsy. No es una chica normal, es una extraterrestre enviada a la tierra con el único propósito de arruinar mi vida.
Patsy casi se atraganta con un espárrago.
– No digas tonterías. Por lo que me has contado es una chica normal y corriente.
– No -insistió Nick-. Ésta no es humana. Tenía los codos como cuchillos. Lo sé porque solía clavármelos en el estómago. Aún tengo cardenales.
– No creo que siga haciéndolo a los diecisiete años.
– No estoy yo tan seguro.
– ¿Qué edad tenías tú entonces? -preguntó Patsy, intentando disimular una sonrisa.
– Veinticuatro, ¿por qué?
– Lo que me imaginaba. Algo raro le pasa a los hombres a los veinticuatro. Empiezan a decirse a sí mismos que ya son hombres maduros y que merecen un respeto, pero no es verdad. Katie sólo te recordaba que seguías siendo un crío y tú no lo podías soportar.
– ¡No era eso! -protestó Nick-. Bueno, quizá un poco. Pero en serio, Londres es una ciudad peligrosa para una chica ingenua como ella.
