
Me bajó, pero no me soltó hasta haberse asegurado de que yo era capaz de mantener el equilibrio. Busqué una zona despejada y patiné hasta ella, levantando una pierna del hielo y girando como una marioneta.
– ¡Harashó, harashó! -exclamó mi padre aplaudiendo. Se restregó la mano enguantada por el rostro y me dedicó una sonrisa tan amplia que las líneas de expresión de su rostro parecieron cobrar vida. Mi padre era mucho mayor que mi madre, acabó sus estudios universitarios el año en que ella nació. Fue el más joven de los coroneles del Ejército Blanco y, de alguna manera, muchos años después, sus gestos seguían teniendo una mezcla de entusiasmo juvenil y de precisión militar.
Estiró los brazos y los abrió hacia mí para que patinara hasta donde él estaba, pero yo quería volver a exhibirme. Me impulsé aún más fuerte y comencé a girar, pero mi cuchilla tropezó contra un bache y el pie se me dobló. Mi cadera chocó contra el hielo y expulsé todo el aire que tenía en los pulmones.
Mi padre estaba junto a mí en un instante. Me cogió y patinó hacia la orilla del río conmigo en brazos. Me sentó en el tronco de un árbol caído y me pasó las manos sobre los hombros y las costillas antes de quitarme la bota rota.
– No hay fracturas -dijo, moviendo el pie entre las manos.
El aire era glacial y mi padre me frotó la piel para calentarla. Miré fijamente los mechones de pelo blanco que se mezclaban con su cabello color jengibre en la coronilla, y me mordí los labios. Las lágrimas de mis ojos no se debían al dolor, sino a la humillación de haberme puesto en ridículo. Mi padre apretó el dedo pulgar contra la zona hinchada del tobillo y yo me estremecí. Ya se estaba empezando a formar un moratón debido al golpe.
– Anya, eres como una gardenia blanca -me dijo sonriendo-. Bella y pura. Pero tenemos que tratarte con cuidado, porque te magullas con facilidad.
Apoyé la cabeza en su hombro, a punto de reír, pero llorando al mismo tiempo.
