
Una lágrima me salpicó la muñeca y resbaló hasta las baldosas de la entrada. Me sequé rápidamente la cara antes de que mi madre se diera la vuelta. Los invitados estaban saliendo, les saludamos con la mano una vez más y les dijimos «Da svidaniya»antes de apagar las luces. Mi madre cogió uno de los cirios funerarios del recibidor y nos dirigimos a la planta de arriba, guiadas por el suave resplandor. La llama tembló y noté la rapidez de la respiración de mi madre en la piel. Pero temía mirarla y contemplar su sufrimiento. Se me hacía tan duro soportar su dolor como el mío propio. Le di un beso de buenas noches en la puerta de su cuarto y me apresuré escaleras arriba hacia mi habitación, que estaba en el desván, para dejarme caer inmediatamente después en la cama y cubrirme la cabeza con la almohada, para que no me oyera sollozar. El hombre que había dicho que yo era una gardenia blanca, que me había llevado en sus hombros y me había hecho girar hasta que la cabeza me había dado vueltas de la risa, no volvería nunca más.
Una vez que la época de luto oficial hubo terminado, todo el mundo pareció dispersarse de nuevo en sus respectivas vidas cotidianas. Mi madre y yo nos quedamos desamparadas, dejadas a nuestra suerte para aprender a vivir de nuevo.
Tras doblar las telas y amontonarlas en el armario ropero, mi madre decidió que debíamos llevar flores al cerezo favorito de mi padre. Mientras me ayudaba con los cordones de las botas, escuchamos como ladraban nuestros perros Sasha y Gogle. Me apresuré a acercarme a la ventana, suponiendo que sería otro grupo de personas que venían a darnos el pésame, pero distinguí a dos soldados japoneses que esperaban junto a la verja. Uno era de mediana edad, y llevaba un sable colgado del cinturón y grandes botas de general. Su cara cuadrangular de expresión solemne estaba marcada por profundas arrugas, pero hizo ademán de sonreír con las comisuras de la boca cuando se fijó en los huskies que correteaban junto a la verja.
