
Desde una rendija en la puerta principal entreví como mi madre hablaba con los hombres: primero trató de hacerlo despacio en ruso y luego en chino. El soldado más joven parecía entender el chino con facilidad, mientras que el general dirigía la mirada hacia el patio y la casa, y solamente prestaba atención cuando su ayudante le traducía las respuestas de mi madre. Le estaban pidiendo algo y hacían reverencias al final de cada frase. Esta muestra de cortesía, que normalmente no se empleaba con los extranjeros que residían en China, parecía poner a mi madre aún más incómoda. Asentía con la cabeza, pero su miedo se delataba en que se le sonrojaba la piel alrededor del cuello, y le temblaban los dedos mientras retorcía y tiraba de los puños de sus mangas.
En los últimos meses, muchos rusos habían recibido visitas similares. El alto mando japonés y sus asistentes se habían ido trasladando a los hogares de la gente, en lugar de vivir en el cuartel del ejército. En parte, lo hacían para protegerles de los ataques aéreos de los aliados, pero también para sofocar cualquier movimiento de resistencia local de los rusos blancos convertidos a soviéticos, o bien, de los simpatizantes de los chinos. La única persona que conocíamos que los había rechazado era un amigo de mi padre, el profesor Akimov, que poseía un apartamento en Modegow. Desapareció una noche y nunca volvimos a oír de él. Sin embargo, ésta era la primera vez que se habían alejado tanto del centro de la ciudad.
El general murmuró algo a su ayudante, y cuando vi que mi madre tranquilizaba a los perros y abría la verja, me escabullí hacia el interior de la casa y me escondí bajo un sillón, presionando mi rostro contra las frías baldosas del recibidor. Primero entró mi madre y sostuvo la puerta para dejar paso al general. Él se limpió las botas antes de pasar al interior y colocó el sombrero en la mesa que estaba junto a mí.
