
Todos los domingos, mi madre, mi padre y yo nos reuníamos en casa de nuestros vecinos, Boris y Olga Pomerantsev, para comer borscht y pan de centeno. Eran una pareja de ancianos que se había dedicado toda la vida a vender los productos agrícolas que producía, pero los dos eran muy sociables y mostraban interés por mejorar sus conocimientos, por lo que a menudo invitaban a sus conocidos chinos a que se sumaran a nuestras reuniones. Hasta la invasión japonesa, dichas reuniones solían ser muy animadas, con música y lecturas de Pushkin, Tolstói y poetas chinos; sin embargo, a medida que la ocupación se volvió más represiva, la animación de estos encuentros fue atenuándose. Todos los ciudadanos chinos estaban bajo continua vigilancia, y cualquiera que abandonara la ciudad debía mostrar su documentación y bajarse de su automóvil o rickshaw para postrarse ante los guardias japoneses si quería seguir su camino. El señor y la señora Liu eran los únicos chinos que estaban dispuestos a hacerlo por un acontecimiento social diferente de un funeral o una boda.
