Escuché como mi madre lo conducía hacia el salón. Murmullaba frases en japonés como muestra de su aprobación y, aunque ella seguía intentando trabar una conversación elemental en ruso y chino, él no parecía entenderla. Me preguntaba por qué habría dejado a su ayudante junto a la verja. Mi madre y el general se dirigieron a la planta de arriba, y pude oír el crujido del suelo en la habitación desocupada y el sonido de los armarios abriéndose y cerrándose. Cuando regresaron, el general parecía complacido, pero la ansiedad de mi madre se había desplazado hasta sus pies: trasladaba el peso de uno a otro y golpeaba el suelo con el zapato. El general hizo una reverencia y murmuró «Doomo arigatoo gozaimashita». Gracias. Cuando recogió el sombrero, notó mi presencia. Sus ojos no eran como los del resto de los soldados japoneses que yo había visto hasta entonces. Eran grandes y saltones, y cuando los abrió mucho y me sonrió, las arrugas de su frente se comprimieron hacia el nacimiento del pelo, confiriéndole el aspecto de un enorme y simpático sapo.


Todos los domingos, mi madre, mi padre y yo nos reuníamos en casa de nuestros vecinos, Boris y Olga Pomerantsev, para comer borscht y pan de centeno. Eran una pareja de ancianos que se había dedicado toda la vida a vender los productos agrícolas que producía, pero los dos eran muy sociables y mostraban interés por mejorar sus conocimientos, por lo que a menudo invitaban a sus conocidos chinos a que se sumaran a nuestras reuniones. Hasta la invasión japonesa, dichas reuniones solían ser muy animadas, con música y lecturas de Pushkin, Tolstói y poetas chinos; sin embargo, a medida que la ocupación se volvió más represiva, la animación de estos encuentros fue atenuándose. Todos los ciudadanos chinos estaban bajo continua vigilancia, y cualquiera que abandonara la ciudad debía mostrar su documentación y bajarse de su automóvil o rickshaw para postrarse ante los guardias japoneses si quería seguir su camino. El señor y la señora Liu eran los únicos chinos que estaban dispuestos a hacerlo por un acontecimiento social diferente de un funeral o una boda.



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