En otra época, los Liu habían poseído una próspera industria, pero los japoneses ocuparon su fábrica de algodón, por lo que sobrevivían sólo gracias a que habían sido lo suficientemente prudentes como para no gastar todo lo que habían ganado.

El domingo siguiente a que terminara el luto por mi padre, mi madre esperó hasta después de la comida para hablarles a nuestros amigos sobre el general. Susurraba con voz entrecortada, mientras pasaba las manos por encima del mantel de encaje que Olga utilizaba para las ocasiones especiales y miraba de soslayo a la hermana del señor Liu, Ying-ying. La joven dormitaba en un sillón cerca de la puerta de la cocina, mientras respiraba pesadamente y un hilo de saliva le colgaba de la barbilla. Era poco común que el señor Liu trajera a su hermana en esas ocasiones, prefería dejarla al cuidado de sus hijas mayores siempre que él y su mujer salían de casa. No obstante, parecía que la depresión de Ying-ying se estaba agravando: pasaba de estar indiferente durante días a sufrir repentinos arrebatos de llanto y a arañarse la piel de los brazos hasta sangrar. El señor Liu la había sedado con hierbas chinas y la había traído con él, porque no confiaba en que sus hijos pudieran hacer frente a la situación.

Mi madre nos habló escogiendo las palabras con cuidado, pero su ensayada tranquilidad no hizo más que empeorar la sensación de desazón de mi estómago. Nos explicó que el general iba a alquilar la habitación desocupada de nuestra casa. Subrayó la importancia de que su cuartel general estuviera en otro pueblo a cierta distancia, y de que pasaría la mayor parte del tiempo en él, de manera que no nos impondría su presencia constantemente. Nos explicó que habían acordado que ningún soldado o agregado militar podría visitar la casa.



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