
Jonas y yo negamos con la cabeza.
El alcalde sacó pecho, como hacen los políticos cuando encuentran la oportunidad de poder decir más de dos frases.
—Me acuerdo bastante bien, aunque sólo era una moza. He olvidado su nombre, pero la llamábamos Madre Pirexia. Le pusieron piedras, igual que ve usted aquí, pues casi siempre son los mismos quienes lo hacen, y lo hicieron del mismo modo. Pero fue el final del verano anterior, para la recolección de la manzana, y de eso me acuerdo muy bien porque la gente bebía sidra recién hecha y yo miraba con una manzana fresca en la mano.
»Cuando al año siguiente creció el trigo, alguien quiso comprar la casa. Los inmuebles pasan a ser propiedad del municipio, ¿sabe? De ese modo financiamos los trabajos, y quienes los llevan a cabo se reparten lo que encuentran y el municipio se apropia de la casa y del terreno.
»En pocas palabras, hicimos un ariete y rompimos adecuadamente la puerta, pensando en barrer los huesos de la vieja y entregar la casa al nuevo propietario. —El alcalde hizo una pausa y rió, echando hacia atrás la cabeza. En esa risa había algo de fantasmal, tal vez sólo porque al mezclarse con el ruido de la muchedumbre parecía silenciosa.
Pregunté: —¿No estaba muerta?
—Depende de lo que quiera decir con eso. Pero una mujer que permanece tapiada en la oscuridad el tiempo suficiente puede convertirse en algo muy extraño, igual que las cosas extrañas que se ven en la madera podrida allá entre los grandes árboles. Aquí en Saltos la mayoría somos mineros y, aunque acostumbrados a encontrar cosas bajo tierra, entonces salimos corriendo y volvimos con antorchas. A aquello no le gustaba la luz, ni tampoco el fuego.
