
Jonas me tocó en el hombro y me indicó un remolino en la multitud. Un grupo de hombres decididos se abría paso calle abajo. Ninguno tenía casco ni armadura; algunos llevaban piletes de cabeza estrecha y el resto blandía estacas forradas de latón. Me recordaron vivamente a los guardias voluntarios que hace tanto tiempo nos permitieron entrar en la necrópolis a mí y a Drotte, Roche y Eata. Tras estos hombres armados había otros cuatro que llevaban el tronco de árbol del que había hablado el alcalde, un tosco leño de unos dos palmos de diámetro y seis codos de largo.
La multitud los acogió con el aliento contenido, y luego siguieron conversaciones en voz alta y algunos gritos de ánimo. El alcalde nos dejó para hacerse cargo de la situación, ordenando a los de las estacas que despejaran un espacio en torno a la puerta de la casa tapiada. Jonas y yo empujamos para poder ver mejor y que la muchedumbre nos abriera paso.
Supuse que cuando los rompedores estuvieran colocados procederían sin ceremonias, pero no había contado con el alcalde. En el último momento éste subió al umbral de la casa tapiada, movió el sombrero al aire para pedir silencio y se dirigió a la multitud.
—¡Bienvenidos, visitantes y conciudadanos! En lo que lleva respirar tres veces nos veréis desmoronar esta barrera y sacar de ahí al bandido Barnoch. Y eso tanto si está muerto como vivo, y tenemos buenas razones para creer esto último, pues no lleva tanto tiempo ahí dentro. Ya sabéis lo que ha hecho. Ha colaborado con los cultellarii del traidor Vodalus pasándoles información de las llegadas y salidas de quienes podrían convertirse en sus víctimas. Todos estáis pensando ahora, ¡y con razón!, que ese vil delito no merece clemencia. ¡Sí, digo yo! ¡Sí, decimos todos! Por culpa de este Barnoch cientos, tal vez miles de personas, yacen en tumbas anónimas, y cientos, tal vez miles de personas, han tenido una suerte mucho peor.
