Jonas negó con la cabeza.

—Antes de tapiar las aberturas recorren la casa y se llevan alimentos, herramientas, luces y cuanto encuentran de valor.

Una voz resonante dijo: —Lo hacemos porque tenemos sentido común, y eso nos enorgullece. —Era el alcalde, que se nos había acercado por detrás sin que nos hubiéramos percatado de su presencia entre la multitud. Le dimos los buenos días y él nos correspondió. Era de constitución sólida y cuadrada, y lo abierto de su cara lo estropeaba un no sé qué de demasiado astuto en sus ojos.— Creí haberle reconocido, maestro Severian, con o sin ropas brillantes. Parecen nuevas, ¿no? Si no está satisfecho, dígamelo. Tratamos de que los comerciantes que acuden a nuestras ferias sean honestos. Las cosas, bien hechas. Si quienquiera que sea no se las hace correctamente, lo echaremos al río, puede estar seguro. Una o dos zambullidas al año curan a los demás de una confianza excesiva.

Hizo una pausa para retirarse un poco y examinarme más atentamente, haciendo gestos de asentimiento como si estuviera muy impresionado.

—Le sientan bien. He de admitir que tiene buen porte. Y también un rostro agraciado, salvo quizás una palidez un poco excesiva que nuestro clima norteño pronto arreglará. En todo caso, le sientan bien y parecen adecuadas. Si le preguntan dónde las consiguió, diga que en la Feria de Saltus. Eso no le perjudicará.

Le prometí hacerlo, aunque me preocupaba más la seguridad de Terminus Est, que había dejado escondida en nuestra habitación de la posada, que mi propio aspecto o lo duradero del atuendo profano que había adquirido a un ropavejero.

—Supongo que usted y su ayudante han venido a vernos sacar a ese bribón, ¿no? Empezaremos en cuanto Mesmin y Sebald vengan con el poste.



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