»Sin embargo, antes de que caigan estas piedras, os pido que reflexionéis un momento. Vodalus ha perdido un espía y estará buscando un reemplazante. En la quietud de cualquier noche, creo que no muy lejana, un extranjero se acercará a alguno de vosotros. Seguro que será hábil con la palabra…

—¡Igual que tú! —gritó alguien, provocando una risa generalizada.

—Más que yo. No soy más que un rudo minero, como muchos sabéis. Debí decir que su palabra será suave y persuasiva, y tendrá quizás algún dinero. Antes de que cedáis a él, quiero que recordéis la casa de Barnoch tal como está ahora, con esos sillares tapiando la puerta. Pensad en vuestras casas sin puertas ni ventanas y con vosotros dentro.

»Y después pensad en lo que vais a ver hacer con Barnoch cuando lo saquemos. ¡Porque os digo, sobre todo a vosotros, los forasteros, que lo que vais a ver aquí no es más que el comienzo de lo que veréis en nuestra feria de Saltus! ¡Para los acontecimientos de los próximos días hemos recurrido a uno de los mejores profesionales de Nessus! Asistiréis a la ejecución, por el procedimiento oficial, de por lo menos dos personas: se les cortará la cabeza de un solo tajo. Una de ellas es una mujer, así que utilizaremos la silla. Eso es algo que muchos que alardean de maneras refinadas y de educación cosmopolita no han visto nunca. ¡Y también veréis cómo este hombre —y, haciendo una pausa, el alcalde golpeó con la palma de la mano las piedras de la puerta que el sol iluminaba—, este Barnoch, es llevado a la Muerte de manos de un experto! Puede que él ya haya practicado algún tipo de pequeño agujero en la pared. Es frecuente que lo hagan, y si es así podrá oírme.

Levantó la voz para gritar.

—¡Si puedes, Barnoch, córtate ahora el pescuezo. Porque si no lo haces, vas a desear haber muerto de hambre hace tiempo!



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