Por un momento nadie dijo nada. Me angustiaba pensar que pronto tendría que practicar el Arte con un seguidor de Vodalus. El alcalde levantó el brazo por encima de la cabeza y después lo bajó poniendo énfasis en el gesto.

—¡Muy bien, muchachos, todos a una!

Los cuatro que habían traído el ariete contaron uno, dos y tres en voz baja como si lo hubieran acordado previamente y corrieron hacia la puerta tapiada, perdiendo algo de ímpetu cuando los dos de delante subieron al umbral. El ariete golpeó las piedras con un fuerte ruido sordo, pero sin más resultado.

—Muy bien, muchachos —repitió el alcalde—. Probemos de nuevo. Que vean qué clase de hombres viven en Saltus.

Los cuatro volvieron por segunda vez a la carga. En esta ocasión los de delante salvaron más hábilmente el umbral; las piedras que taponaban la puerta parecieron estremecerse con el impacto, y de la argamasa se desprendió un polvo fino. De la multitud surgió un voluntario, un tipo corpulento de negra barba, que se unió a los cuatro, y los cinco volvieron a cargar; el golpe del ariete no hizo mucho más ruido, pero lo acompañó un crujido como de huesos que se rompen.

—Una vez más —dijo el alcalde.

Tenía razón. El siguiente impacto mandó al interior de la casa la piedra golpeada y abrió un agujero como la cabeza de un hombre. Después ya no hubo que molestarse en tomar impulso; los hombres del ariete lo manejaron en vaivén para derribar las demás piedras hasta que la apertura bastó para que un hombre pudiera entrar.

Alguien en quien antes no había reparado había traído antorchas, y un muchacho corrió a una casa próxima a encenderlas en el fuego de la cocina. Los hombres de los piletes y las estacas las cogieron de manos de él. Con más arrojo del que yo hubiera atribuido a esos ojos astutos, el alcalde sacó de su camisa una pequeña porra y fue el primero en entrar. Los espectadores nos agolpamos detrás de los hombres armados, y como nos encontrábamos en primera fila, Jonas y yo alcanzamos la apertura casi en seguida.



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