
El ambiente era pestilente, mucho peor de lo que yo había previsto. Había muebles rotos por doquier, como si Barnoch hubiera cerrado con llave sus armarios y cofres cuando llegaron los encargados de cegar la casa y éstos los hubieran destrozado para llevarse lo que había dentro. Sobre una mesa desvencijada vi cera en forma de gotas, restos de una vela que había ardido hasta la madera. Detrás de mí, la gente empujaba para avanzar y yo, sorprendentemente, me encontré empujando hacia atrás.
Al fondo de la casa hubo una conmoción: pasos apresurados y confusos, un grito y, por fin, un lamento penetrante e inhumano.
—¡Ya lo tienen! —gritó alguien detrás de mí, y oí cómo la noticia pasaba a quienes estaban en el exterior.
Un hombre entrado en carnes, tal vez un pequeño propietario, vino corriendo de la oscuridad con una antorcha en una mano y un palo en la otra.
—¡Apartaos! ¡Atrás, todos! ¡Ya lo traen!
No sé qué había esperado ver… Tal vez una sucia criatura con el pelo enmarañado. En vez de eso salió un fantasma. Barnoch había sido alto; todavía lo era, pero ya encorvado y muy delgado, y con la piel tan pálida que parecía relucirle como madera podrida. No tenía pelo, cabello ni barba. Esa tarde sus guardianes me contaron que había adquirido el hábito de arrancarse los pelos. Lo peor eran sus ojos: protuberantes, ciegos en apariencia y oscuros como el negro absceso de su boca. Me aparté de él mientras hablaba, pero supe que la voz le pertenecía.
—Seré libre —decía la voz—. ¡Vodalus! ¡Vodalus acudirá!
Cuánto deseé entonces que jamás se me hubiera hecho prisionero, pues su voz trajo de nuevo hasta mí todos aquellos días sin aire mientras yo esperaba en la mazmorra bajo nuestra Torre Matachina. También yo había soñado con ser rescatado por Vodalus y con una revolución que barriera el hedor y degeneración bestiales de la era presente y restaurara la elevada y brillante cultura que antaño poseyó Urth.
